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Monedas a pedradas

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Mi extraño vecino Lecter, guitarrista desde niño, al fin vio factible quedar conmigo para ir a tocar a la calle. Sin preparar nada, concretamos un repertorio standard  de música jazz.

Cogimos nuestros atriles y montamos la farándula callejera sin mucho despliegue instrumental. El pueblo al que fuimos a parar estaba muy cercano a nuestros lares. La verdad es que no queríamos probar en nuestra ciudad por si había gente que nos conocía y ésta, a su vez, nos diezmaba o entrecortaba la ejecución.

Era un día de verano, soleado y agradable. Las horas fuertes de sol ya habían pasado. Había mucha gente en el paseo marítimo y no hacían más que deambular por las paradas de comida y artesanía.

Parecía ser que gustaba nuestra música e inclusive echaban más monedas de las que esperábamos. Cuando alguien parecía que desembolsaba bien, nos mirábamos, e inconscientemente subíamos de volumen como si de un efecto sonoro se tratara.

Estuvimos cerca de dos horas y sacamos una buena cantidad de dinero, suficiente para la gasolina y una buena cena. Visto el éxito, decidimos quemar los cartuchos del día, desplazarnos y probar suerte en la ciudad turística por antonomasia.

Nos pusimos en una calle concurrida, delante de un gran hotel. Insistimos con el repertorio que llevábamos. Esta vez la gente no respondía de igual modo y el ambiente parecía un tanto más hostil.

Empezamos a escuchar unos ruidos, como si de pequeños artefactos se trataran. Por un momento cerré los ojos y seguí tocando como si nada pasara, ensimismado en mi música. Hubo un proyectil que colisionó fuertemente contra la guitarra de Lecter, cuando éste,  paró su música, y mirando al infinito, se puso a gritar como un loco endemoniado.

- Eh! ¡Cabrones! ¿Qué coño estáis haciendo?

Desde la ventana de un hotel, había unos holligans que nos estaban tirando monedas a pedradas. Para colmo vino la policía y nos amedrentó de la forma más insensible. Nos mandó parar y recoger los bártulos, amenazándonos de que si nos volvían a ver tocar en la calle, nos denunciarían, ya que estaba prohibida la música ambulante en la ciudad. Intentamos explicarles todo lo ocurrido y sin ningún tipo de interés, sino más bien desprecio, casi nos echan a patadas.

Hicimos el camino de vuelta a casa en silencio. Hubo alguna broma referencial a lo ocurrido, pero el desaliento era más grande que cualquier tipo de humor. No sabíamos si el dinero a pedradas tenía algún tipo de significado,  si era una manera de desprecio aleccionador o simplemente, era debido al desfase cervecero de unos ingleses tarados.

Tardé tiempo en volver a ver a Lecter. Con los años nos volvimos a encontrar por sendas faranduleras y musicales. Ésta era una de las anécdotas que siempre recordábamos con insistencia, sobretodo tomando unas copas y repasando algunas de las aventuras y desventuras que uno acumula en esto de la música…

Monedas a pedradas ¿Surrealista, no?

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